domingo, 16 de enero de 2011

Goodbye Trish.






Trish Keenan Sonar 2010

Nunca me ha gustado pensar que soy supersticiosa. Pero cuando paso por algún sitio en el que hay una escalera apoyada en la pared,  lo primero que hago es pensar que la fatalidad podría esconderse tras ella.
Inútilmente, siempre he tratado de encontrar las conexiones que existen entre las acciones y reacciones en las cosas que pasan. "Si esto ha ocurrido de esta manera",  habrá que ver qué tipo de circunstancia rodea al hecho en sí para aprender a no cagarla. No importa si tiene o no sentido. Es decir, si he pisado una mierda y he tenido buen día, la mierda es buena. Punto.


El mismo tipo de argumento encontré el día que, en Enero de 2010, cambié de trabajo. Observé que pasados varios días Eric Rohmer murió. 
Egoístamente, cuando una persona muere, no lo sientes tanto por ella, sino por el vacío inevitable que va a dejar en tu interior. Que te hacen la putada de que aprendas a vivir con ello, quieras o no quieras, o mejor dicho, sin ello. En este caso me resigné a conservar para siempre mis cuatro películas preferidas y a saber que eso iba a ser todo.


Diciembre 2010, el tiempo continuó pasando y volví a cambiar de trabajo. Murió Blake Edwards. 
Me pareció incluso gracioso que con mi progreso laboral, fuesen cayendo influencias de primerisimo nivel en mi persona, hecha a medida a base de referentes. ¿Qué sería de mi sin ellos?.
Además de sentirme un poco "desprotegida" y de ver el panorama como un desierto en lo que a lo intelectual se refiere, yo seguía caminando todos los días con los auriculares puestos, afrontando la pesadez de los días como si tal cosa.  Cuanto más insoportable pensaba que iba a ponerse la jornada por las mañanas al salir de casa, más alta ponía la música. Broadcast siempre ha estado "ahí dentro", en esa maquinita de pensar y a veces de maquinar que es mi mente. Todos los discos, sin importar cual. Oir la voz de Trish Keenan y parecerme todo un poquito mejor, con su elegancia. Siempre mi consuelo de "algo mejor", mi única herramienta de ser más positiva y sobretodo de imaginar, imaginar e imaginar.


Enero 2011. Me surge la entrevista que estaba esperando. La cual, de darse bien, me pondrá donde siempre pensé que debía estar. 
Ignorando todo pronóstico, fui a ver al director creativo de marras como tantas otras veces sin percatarme que se avecinaba la hecatombe. Objetivamente salió bastante bien, con lo que me dió que pensar aquello podía funcionar. 


Cuando llegué a casa me dijeron que Trish estaba muy enferma en el hospital a causa de una gripe o algo así. Ni me preocupé. 


Al día siguiente murió.


Me llamaron por teléfono como si de un pariente se tratase. Sólo pensaba en llegar a casa, sólo en llegar. Pillé el autobús a toda prisa. No sé para qué. El autobús no llevaba a nadie salvo a mi y me entraron unas ganas horrorosas de llorar ahí mismo. Sólo quería llegar y leer lo que había pasado. 
Pasé el resto del día sola, con un dolor molesto de estómago. Al día siguiente al abrir el ojo derecho, después del izquierdo, mi cerebro envío una sensación de "ya estás despierta, todo ha pasado", mi mente le recordó que se cumplían 24 horas de su desaparición y que a partir de ahora me tocaba vivir en ese infierno. 


¿Qué sería sin mi sin ti, Trish?. Es horrible que te hayas muerto.



viernes, 11 de junio de 2010

Black circle.


..."Después de todo no es lo mismo

quererte como a nadie

que olvidarte."

martes, 11 de mayo de 2010

...

Cuando te conocí, me sacabas bastantes años.
Las veces que he pensado en tí nunca he sabido resumir lo que significaste para mi. Tampoco llegaste a ser nada importante en mi vida, simplemente un amigo más.
Sólo se que cuando estábamos juntos tenía la firme convicción de que podría estar las 24 horas contigo, y así otras 24, y otras 24. No me cansaba nunca de ti. Es más, odiaba el momento cuando nos teníamos que despedir.
Antes de vernos me ponía nerviosa, como si fuese a ver a alguien super importante. El resto de la gente no existía. Con tan poca edad que era la que yo tenía, apenas llegaba a la veintena,  me maravillaba todo lo que salía por tu boca. Solíamos reírnos bastante. Tomábamos café, íbamos a comprar discos y a conciertos.


Un día por la noche, quedamos para salir. Habías invitado a una chica que estaba contigo y quedamos todos con vosotros dos. Fuimos a bailar.
En un momento de la noche nos miramos y comentamos algo que nos hizo reir a los dos sobre la relación que mantenías con ella. Nos encantaba reírnos de todo. Nos encantábamos.


No importaba que estuvieras con nadie porque sabía que en el fondo éramos tú y yo. Siempre tú y yo pasase lo que pasase, estábamos por encima de los demás.

Un día me pediste que te acompañara a un cursillo en una de las maltrechas calles de Malasaña. Estabas nervioso, justo antes de entrar me abrazaste como un niño pequeño. Con todo lo alto que eras y lo pequeña que era yo.


La mayor ahí fui yo, sólo por esa vez.

sábado, 30 de enero de 2010

2001



Era el séptimo piso de un edificio en medio de una urbanización a las afueras de la ciudad. La casa era bastante grande y siempre andaba en penumbra. Parecía estar castigada de por vida a no ver el sol. Tenía un olor característico, mezcla de tabaco y ambiente cargado del paso de los días y de las personas que vivían por aquel entonces allí. Contando contigo, eráis tres, cuatro conmigo, ya que estaba allí la mitad del tiempo.
Cuando salía a la terraza de la habitación tan temprano y me asomaba para ver cómo te ibas a trabajar, corría tanto aire que se me helaban las piernas. Desde tan alto, sólo podían verse a los pájaros volar trazando círculos bastante amplios, a primera hora de la mañana.

Tu habitación estaba al fondo y era el refugio antiaéreo por excelencia del hastío de la vida cotidiana. Era sobria, decorada con muebles de ángulos rectos, colores oscuros y había algún elemento estilo 2001, que podía recordar a la película de Kubrick.
La ausencia casi permanente de luminosidad, resaltaba el movimiento de luces del ecualizador, subiendo y bajando, acompasadas al tiempo de las canciones que ponías en el reproductor, como si de otro elemento decorativo se tratase.
Eras fan de Low, con lo cual, las lucecitas apenas se movían . También te gustaban mucho Godspeed You! Black Emperor. Y tenías un especial interés por el disco Vespertine de Björk.


A ésta última, la detestaba, pero con el tiempo y observándote, aprendí a sentir algo parecido a lo que sentías tú, al escuchar ese disco. 
Me ponías la canción número once y me pedías que la escuchase con detenimiento. No me dejabas hablar durante esos minutos. Las primeras cuatro veces que me pediste silencio, me aburría. La ponías a menudo cuando estábamos juntos. A partir de la quinta o sexta vez empecé a tener curiosidad sobre por qué te gustaba tanto, que era lo que te inquietaba. Me tumbaba, a tu lado, en aquella habitación, en penumbra, e intentaba no pensar en nada. Tu cerrabas los ojos y me abrazabas.
Cuando te ibas al trabajo, me quedaba desayunando con Jose, un café calentado en el microondas. Al poco, él también se iba a trabajar, y yo me quedaba haciendo cualquier cosa, casi no pisaba la facultad. Los fines de semana pedíamos comida para todos cuando nos levantábamos con resaca. 


Me encantaba estar con vosotros. Me sacábais bastantes años, yo por aquel entonces apenas había pasado de la veintena. Me sentía privilegiada de estar con personas que hablaban de muchísimas cosas interesantes, cosas que no abundaban entre las paredes de mi facultad. 

Hubo un día en que discutimos tanto que tuve que irme de casa durante unas horas.
Cuando se me pasó, volví. Cuando entré, todo seguía oscuro, se veían sólo algunas rendijas de luz que pasaban a través de una persiana que llevaba rota un par de meses. Cuando vi a Jose en el salón, me dijo con preocupación, que llevabas un buen rato sin salir de tu habitación.

Con el corazón en un puño, entré despacio y me senté a tu lado. Tu cuerpo parecía pequeñísimo recostado en una cama que parecía ser inmensa. No querías que te mirase, y te replegabas sobre ti mismo, escondiéndote de mí.

Sólo se escuchaba la canción número once de aquel disco de Björk.

No se oía nada más en la habitación. Ni siquiera querías hablar.
Notaba como el nudo del estómago se me hacía más y más grande. Sentía como mío tu malestar.

Y lloré como nunca había llorado antes. Por todos los motivos y las veces que en mi vida me había sentido mal por alguna razón, como si nunca hubiera llorado.
Vomitándolo todo de una vez, a modo de purgatorio.

Desde aquel preciso momento no he querido volver a escuchar esa canción.



viernes, 8 de enero de 2010

Painter man

No puedo contar ninguna historia sobre ti, porque fuiste secreto. Y como secreto que eras, fuiste intermitente entrando y saliendo de mi vida.
Aún así, y sin ningún motivo emocional, conservo imágenes muy exactas de ti, casi fotografías, que guardo en mi cabeza y que a veces recuerdo. 

Una de ellas era tu piel, pálida, casi porcelana, preciosa, que fuiste ensuciando con dibujos con los que pretendías convertirte en algo, que pensabas que era mejor que tú.
La primera vez que te ví estabas con un amigo que te sacaba una cabeza. Era moreno, de pelo ondulado, su cuerpo era fibroso y su cara podría encajar en cualquier portada de un nuevo grupo hype. Tenía a todas las chicas pendientes de él.

A ti, creo que sólo te miraba yo. Me llamaba la atención tu seriedad y tu aspecto gris, detrás de tus gafas, sugiriendo injusticia, y reclamando un poco de atención. Dabas la impresión de que nadie acertaba a comprenderte.

Otra imagen que conservo de ti, es como un retrato calcado de la realidad, centimetro a centimetro. Lo mismo que cuando te acuerdas con precisión de la escena de una película que llega a impresionarte por algún motivo. 

Te recuerdo en mi habitación con el sol de mediodía, entrando por la ventana, a la izquierda. Acabábamos de despertar y te sentaste a mi lado, en la cama. Estabas frente a mí, diciéndome no se qué. Tenías los ojos casi cerrados por el sueño y el pelo que se te había ondulado en las puntas, te caía sobre la frente y parte de la cara. 
Tenías una cara realmente preciosa, arrebatadora, una belleza sublime. Pero tú no te enterabas ni siquiera de eso. 
En ese momento, supe que querría acordarme toda la vida, de esa visión.

Persiguiendo tu ideal, dibujabas e intentabas hacerte a tí mismo. Como un autómata, tu producción era gigantesca, dibujabas y dibujabas como un loco. Esforzándote en encontrar tu camino, a marchas forzadas. Cuando notabas que no conseguías lo que querías, te afectaba.

Un día me pasaste una historia, era un cuento y había una niña que se llamaba como yo. Me pediste opinión, sabiendo de antemano la que tu tenías. Y notaba tu padecer, como la de un perro dando vueltas, persiguiendo su propia cola.

sábado, 5 de diciembre de 2009

The collector


Él dedicaba su tiempo a hacer collages. Tenía cientos, todos ellos con protagonistas femeninas atractivas y diferentes para cada escena. En algunos aparecían labios, en otros flequillos y en otros algunos desnudos parciales. Para montarlos se inspiraba en la iconografía vanguardista de principio de siglo y también poseía un gusto muy arraigado por la cultura francesa. Personajes como Dutronc, Antoine Doinel, Jane Birkin, Françoise Hardy y un largo etcétera, estaban siempre muy presentes en sus composiciones.



Un día decidí comentarle que me parecía increíble lo que hacía y poco a poco nos fuimos conociendo a través de un puñado de emails y charlas bastante largas a través de ordenador, donde podía verse una pequeña foto suya que me generaba curiosidad. Las conversaciones se enredaban en temas que sólo surgen con personas con las que tienes cierta conexión. Estaba convencida de que si alguien las leía, no iba a entender absolutamente nada. Su tono ácido y desarraigado y su arrogancia natural, me divertía, su proporción entre desidia y dulzura, entre perdedor y triunfador, se correspondía casi con la mía y eso me hacía sentir como en casa.

Allí estaba yo, un viernes por la noche, acabándome el último trago, asfixiada por el calor y pensando en irme a casa cuanto antes. Mientras tanto, la gente recogía sus abrigos a toda prisa, antes de que todos se agolparan en la salida. 
En ese momento, pasaron dos chicos por al lado de donde estábamos. Mi amiga, que había visto su foto desde mi ordenador, me aseguró que uno de ellos, era aquella persona a la que nunca había visto, el único que, sin pensarlo, había llamado mi atención entre esos dos chicos.


Te estuve observando anoche. Tu amiga parece simpática, en cambio tú, no.
Así empezaba el email que recibí la mañana siguiente. Después continuaba con una rigurosa descripción de la ropa que llevaba la noche anterior. El paso siguiente fue preguntarle por qué no me había saludado.

Esa tarde, me invitó a una fiesta que se celebraba por la noche, donde él se iba a encargar de poner música. Cuando llegué aún era pronto pero ya estaba casi lleno de gente. La mayoría eran niñas repeinadas, con olor a perfume dulzón, todas con una apariencia similar. Al igual que una colmena de abejas controlando la miel y a la abeja reina, que en este caso parecía ser él. 


La zona del Dj estaba en la parte de atrás y yo no podía ver bien. Cuando por fin pude ver algo, me sonrió. El hecho de que hubiera tanta gente me salvó de tener que acercarme entre la marabunta dulzona.

A duras penas, me di cuenta de que tenía unos ojos marrones enormes muy profundos y redondos, casi excavados debajo de las cejas y una mirada punzante que parecía tener boca, porque decía muchas cosas, pero ninguna respetable. Desde lejos, entendí que me decía que nos viéramos luego, justo donde nos encontramos la noche anterior.

Horas después, copas de más, olor a tabaco y su ropa ya estaba mezclada con la mía en el suelo de mi habitación. Comenzaba así la espiral del caos para mí.

La primera cosa en la que me levanté pensando fue en su novia y en quitarme esa sensación de depencia repentina que sentía por él y que se había instalado en mí, esa misma mañana.

Pasaron las semanas y seguíamos hablando, como siempre. A mi me ponía enferma sólo imaginarle hablando con cualquier chica, incluso llegúe a detestar a su novia y a mí misma por estar así. No cabía más odio en mi interior. 
Probaba a hablar con él, a no decirle ni media palabra, a enfadarme y a mostrarme sumisa. Mientras tanto él no había cambiado lo más mínimo, seguía con su ambigüedad y sus frases que parecían tener mil significados a la vez. Las mismas frases que me divertían en un principio, ahora se convertían en pequeñas dagas puntiagudas que se clavaban en mi pobre corazoncito, resintiéndose cada vez más.

Sin saber como y de la manera más cruel para mí, establecimos una manera de vernos sin mediar palabra. Cada jueves de madrugada y como un reloj, aparecía por la sala donde nos habíamos conocido. 

Era inevitable para mí, controlar la entrada para ver si le veía, como un acto reflejo. Cuando amigos y conocidos hablaban conmigo era imposible desviar mi atención y mirarles a la cara. Había adquirido la habilidad de disimular una conversación, mientras mi mente estaba totalmente pendiente de divisar el menor movimiento que indicara su posible presencia.

A veces, se pegaba a mí con su sonrisa maliciosa, agarrándome fuertemente de la cintura, mientras me contaba algo, susurrándome al oído. Otras, se mantenía en la distancia, fingiendo no estar pendiente de mí.
Llegué a pensar que nuestros encuentros eran mera casualidad, que realmente el vernos allí era puro azar. Ya no distinguía nada de la realidad.

Cansada ya de tanto estrés emocional, un día decidí irme a casa cuando sabía que estaba allí. 

Veinte pasos por delante de la puerta y ya en la calle, me giré y estabas allí, poniéndote el abrigo junto a la salida. Te vi cogiendo el móvil y acto seguido sonó el mío. Me preguntabas a dónde iba. Veinte pasos más allá y mirándote, te dije adiós.


Hoy en día, sé que me adoras, como yo te adoro a tí.


lunes, 30 de noviembre de 2009

Illumination


Me levantaba por la mañana, sola, pero acompañada.

Me hacía sonreír solo imaginar tu nombre o la forma de tu cara, ese olor tan característico tuyo, como la entrada que me llevaba directa a un mundo extraordinario dentro de lo ordinario. Estabas esperándome en la puerta, en la calle, en mi casa y en cualquier casa, en los bares, estaciones y tiendas, caminando a mi lado, en el calor del verano. Notaba tu presencia a través de una calma jugosa que invadía mi alma, como una caricia en la mejilla o una sonrisa, como un recuerdo luminoso.


Nadie sabía por qué ni de qué forma me alegrabas el paso de los días.



¿Era magia?.


jueves, 5 de noviembre de 2009

No Fun

(...Viene del anterior)




Al día siguiente, fui para allá con una tremenda sensación de vergüenza. No podía más que mirar al suelo mientras mis pasos me llevaban hasta clase. Quería ser invisible, quería borrar el momento de la tarde anterior en su portal. Me parecía ridículo.
La tarde se me pasó rápidamente y cuando tenía vistas a terminar, el profesor de Flash nos comentó que J quería entrar a despedirse de nosotros en mitad de la clase. Quería desearnos suerte y por si le necesitábamos nos daría su e-mail.
Cuando le vi entrar quería convertirme en azulejo y difuminarme en la pared.
Siempre hago cosas que terminan sonrojándome. Como si mis actos fueran independientes y no contasen conmigo. No sabía por qué, ni qué es lo que iba a hacer esa misma noche con él. Mientras se despedía fue divertido ver qué decía. Su diálogo era muy formal y educado y su apariencia siempre tranquila, cosa que me seguía chocando con su aspecto de haber salido del mismo infierno.
Cuando cerró la puerta y se fué, me alivié. Podía dejar de ser azulejo y volver a convertirme en lo que era. Alguien que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo.
Cuando dejé de pensar en ello. El móvil empezó a vibrarme en el bolsillo del pantalón. El mensaje que venía de un número aún sin registrar, me decía que no contase con aquella despedida en clase, que era sólo para los demás. Nos vemos hoy, dijo.
Pensaba en lo extraño que era aquello.
Cuando salí esa tarde de viernes por la tarde, seguía arrastrando la mirada, no quería hablar con nadie de camino a casa, básicamente porque no tenía el valor de mirar a nadie a la cara. Vaya la que has liado, pensé.
A las 9 empecé a vestirme. Había quedado temprano. Tenía el estómago a punto de explotar. Esa noche no quedé con nadie más, ni siquiera comenté a nadie que planes tenía. Recorrimos todos los sitios que me gustaban, me gustaba hablar y estar con él. Pero sentía que su mirada me estaba atravesando el cerebro y sabía exáctamente de lo que iba y que era una de esas personas a las que no podría manejar demasiado a mi antojo. Alguna vez que otra, he conocido a gente así, aunque eran los que menos abundaban. Esa noche me tocaba lidiar con alguien que parecía estar a mi altura. Y eso no me asustaba.
Tras un par de horas de copas, nos metimos en un sitio que solíamos ir ambos de vez en cuando. Fué solo abrir la puerta y declarárseme la guerra. Allí estaba la peor amiga que en ese momento podría tener. Una, que siempre parecía tener un especial don para decirle algo inapropiado a los chicos con los que me veía y siempre cuando estaba yo presente. Alguien a quien claramente tachas de tu lista de colegas. Pero con ella, me resultaba imposible enfadarme.
Rápidamente se interesó por nosotros y nos invitó a sentarnos con ella y con dos especímenes más, en forma de tíos con vasos en la mano armando follón. Yo sabía que aquello no era buena idea. Pronto el alcohol empezó a vasodilatarse y me dejé llevar.
Acabamos cerrándo el sitio y a mi amiga ya le había dado tiempo a actuar. En una escena borrosa le vi hablando con J, susurrándole cosas al oído. Los dos me miraban y sonreían. Me preparé para lo peor. La noche se me había pasado y estaba borracha y no sabía qué cojones se esperaba de esa situación. Estábamos acompañados y yo aún sentía que no sabía para qué habíamos quedado.
Terminamos yéndonos a casa, cada uno a la suya.
Cuando me metí en la cama ya estaba medio espabilada y recuerdo que cogí el móvil para disculparme con J por mi amiga y su compañía. Me respondió al segundo y seguimos con muchos mensajes más, hablando de cosas demasiado profundas para esa noche.
Cuando me levanté y era sábado, aún sentía demasiada vergüenza por aquella situación y esa relación absurda.

Recuerdo que seguimos un tiempo con aquello que no nos llevaba a ningún sitio.
Intenté que me gustase un poco. Sabía que valía la pena. No lo conseguí.


jueves, 29 de octubre de 2009

No Fun

(Viene del anterior...)


Al día siguiente, fui como cada tarde. Cuando me acercaba hacia el semáforo para cruzar y llegar a clase, pensé que sería imposible volver a encontrarse. Allí de espaldas, su pelo oscuro y su cazadora negra, contrastaba con las coloridas ropas de la gente en septiembre. Vaya por dios, pensé. Me puse a su lado y le dije hola. Con una sonrisa, bromeó con la idea de que le estaba siguiendo. Me reí.
Las siguientes dos horas las pasé practicando Flash, teníamos que hacer unas prácticas. El profesor que nos impartía la asignatura era lo más parecido a un seminarista y tenía una mirada perversa. Cabía perfectamente en mi imaginación vestido con ropa interior de mujer y mirándose al espejo diciéndose alguna que otra obscenidad. Su risita aguda y desacompasada me irritaba, pero aprendía mucho en sus clases. Aquella endiablada práctica en cuestión, se nos atravesó tanto que cuando terminamos habían pasado 25 minutos de la hora de salida. Parecía tan sencillo dibujar una simple lupa y hacer que el programita consiguiera el dichoso efecto de aumento, que, por amor propio, cada uno de nosotros se quedó hasta terminarla. Cuando salí hacia el pasillo, J estaba sólo, como esperando, en la zona donde solíamos ir a fumar en el descanso. Yo iba hablando con una compañera, me giré y le dije hasta mañana.

¿Vas hacia casa?, me dijo.

Si, le respondí.

Calculo que, en ese momento mi color de mejillas debió cambiar a alguna gama entre los magenta, porque sentí un repentino calor en la cara. Noté como mi compañera estaba pensando lo que todos hubiéramos pensado en su lugar.
Mientras bajamos las escaleras, no se me ocurría de qué podía hablar yo con ese tío cuando me quedara a solas con él y pensaba en caminar lo más rápido posible para ahorrarme el trago. Fue entonces, cuando me contó que hacía un chico como él, en un sitio como ese. Además de dar clases, diseñaba flyers para un sitio al que yo iba todos los viernes por la noche. Mientras me lo estaba contando, me vi a mi misma con mi carpeta, que usaba para ir a la facultad, debajo del brazo, forrada de arriba a abajo, por dentro y por fuera, con los flyers que hasta ese momento, eran los flyers de un desconocido. Me sentí aliviada y casi feliz de que no pudiera verme con ella.
Mi camino a casa duró lo que siempre, pero a mí se me hicieron tres segundos. Pensaba y pensaba. Me preguntaba que coño estaba pasando. Sólo podía pensar que mis clases de Photoshop tocaban a su fin en sólo dos días. Sólo dos días.

Al día siguiente J y yo no nos encontramos, ni siquiera nos vimos por los pasillos.

Por fin llegó el último día. Desde el principio de curso, había estado esperando con ansia a que ese momento por fin llegase, pero en cambio, ahora estaba deseando que se marchara. Seguía dándole vueltas y pensando que aquella sensación era una estupidez.
Sí, una estupidez.

Llegaba la hora de irse a casa. Como siempre, salimos todos juntos y como siempre acabamos caminando sólos J y yo. Pero esta vez, era la última.

Cuando llegamos a la puerta de su casa, nos intentamos despedir con unos cuantos "Bueno..." de por medio. A mí, el tiempo se me agotaba para hacerme con su número y si él volvía a decir un "Bueno" de más, me iba a dar algo. Con valentía y sin saber para qué, le pedí su teléfono con excusa de salir a celebrar el fin de su clase. Su expresión de alivio, me dio a entender que le hice un favor pidiéndoselo. Quedamos para ese mismo viernes.








(Sigue...)

martes, 27 de octubre de 2009

No fun



Fue durante aquel tiempo, en el que ingenua de mi, pensaba que invertir esfuerzos y dinero en formación para mi carrera, podría favorecerme de alguna manera en el mundo profesional. Frente a multitudes de becarios y listillos de medio pelo, que se colaban por delante de mi en las agencias de publicidad de esta ciudad.

En esos momentos, decidí apuntarme a clases y aventurarme en el mundo del diseño web. Además de para ampliar horizontes profesionales, también debido a que el mundo de la dirección de arte, a secas, me sabía a poco casi en el inicio de mi trayectoria.

Recuerdo que entré en una academia cerca de Plaza de España, casi al final del verano, e iba todas las tardes caminando desde casa. Era un buen paseo y solía hacerlo por gusto, dado que esa zona ha sido siempre y desde que llegué a la ciudad, de mis preferidas.

Normalmente las calles y los ambientes en general, con tan sólo pisarlos, casi sin conocerlos, siento si me van a gustar por alguna razón y terminan haciéndolo justificadamente con el paso del tiempo. Me pasa algo parecido con las personas.

Cuando entre en el aula encontré a una compañera de mi facultad que daba clases conmigo durante el curso. Era una chica muy alta y muy guapa y también un poco rara. Yo era una de las pocas personas que se relacionaban con ella. Yo y mi afán por las minorías.

Nos sentamos juntas y fue un alivio para ambas, puesto que no conocíamos a nadie.

Comenzaban las presentaciones de las clases, iban a ser tres meses de curso dividido en varias fases, primero empezaríamos con el ya manido Photoshop. En ese momento pensé en saltármelo y volver cuando empezaran a dar algo que yo no conociera.

Antes de que pudiera maquinar nada, entró el profesor y pensé que aquello era una broma. Le seguí con la mirada hasta que se colocó delante de todos nosotros. Vaqueros ligeramente estropeados y escurridizos, acompañados de una camiseta de algún color oscuro de manga corta, y un pelo digno de cualquier componente de The Horrors, por supuesto, aderezado de una cazadora extremadamente pequeña de cuero. Vamos, lo que viene a ser el típico profesor.

Antes de que abriera la boca, yo ya esperaba lo peor. Sin embargo, al escuchar su voz por primera vez, me resultó especialmente agradable y didáctica, era lo más parecido a un cálido locutor de radio, una voz que apetecía escuchar, como si estuviera pensada para hablar en público. Fue entonces cuando decidí quedarme esos quince días, aquello prometía.


Día a día nos hicimos con el resto de clases que tocaban después de esa. Y a los compañeros, que no tenían mucho que ver con ninguna de las dos, pero podías hablar de algo, aunque fuera banal, mientras la gente fumaba su cigarrillo en el pasillo.


En septiembre el tiempo es soleado, pero ya no caluroso. Me gustaba ir a clase después de comer y ver los rayos del sol reflejados en las hojas de los árboles. Pasados unos cuantos días, coincidí con mi profesor en el semáforo de la calle, antes de llegar a la academia. En esos escasos minutos antes de llegar hasta la clase, me preguntó si vivía cerca de allí. Al parecer él vivía justo detrás de una placita pequeña que había en esa dirección. También nos contamos a lo que nos dedicábamos.

Su aspecto radical me chocó con su aparente apacible personalidad, ese pelo endemoniado, con aspecto incluso poco aseado, endurecía una expresión sincera, llana, por no decir humilde.

Entonces empecé a acostumbrarme a su presencia en clase, como profesor. Despúes de todo, tener a un joven sucedáneo de Iggy Pop, explicándome el uso de las máscaras de capa era algo interesante que podría contarles a mis amigas.

Las clases me gustaban, incluso la suya, aunque no aprendía nada nuevo, de vez en cuando le comentaba algo de alguna práctica, más que nada, para que no pensase que en su asignatura me aburría como una ostra.

Mi amiga lo dejó al cabo de las dos semanas. Era algo que veía venir. A parte de tener un carácter extraño, no tenía paciencia para acabar una cosa cuando la empezaba. Yo, lógicamente, tuve que hacer un esfuerzo en mi relación con mis compañeros. Intentaba coincidir en la salida con ellos para salir todos a la vez y hablar de algo, siempre temas acordes a la circunstancia.

Hubo un día en que J salió con nosotros, pero cada uno tomó un camino diferente y acabámos caminando solos hacia casa. Retomamos la conversación donde la habíamos dejado el día anterior y seguimos informándonos el uno sobre el otro. Parecía que entrábamos en otro plano de intimidad, que habíamos dejado a las personas que no conocíamos atrás, y nos centrábamos con naturalidad en conocernos entre nosotros. Esta vez tocaba un tema más distendido, el de nuestro ocio nocturno. Por lo visto, los fines de semana, él era un asiduo del ya desaparecido "No Fun". Y antes de que yo pudiera contestar, según él, seguramente yo era carne de "Nasti". Afirmación que no pude atreverme a negar, en parte por la sorpresa.

Justo en ese punto, le dije hasta mañana en la puerta de su casa y yo me fui alucinando a la mía.





(Sigue...)



lunes, 5 de octubre de 2009

We are the Mods


Una vez conocí a un chico que vivía obsesionado con los Beatles y con Simon Fowler (de aquellos ya olvidados, Ocean Colour Scene). La primera vez que le ví llevaba una cinta negra en señal de duelo en el brazo. Había muerto George Harrison. La tragedia, había llegado una noche a un bar de Madrid desde Los Ángeles, en el año 2001 y tenía aspecto de chico bastante serio. Las primeras veces que habló conmigo ya notaba sus exageradas ganas por mutar su personalidad por la de Fowler, el carismático cantante del grupo, pero aquello estaba claro que no podía ser. Mientras tanto, yo pasaba largas horas escuchándole hablar, el chico en cuestión no quería impresionarme sobre sus conocimientos, sólo buscaba desahogarse de la posesión de esa extraña doble personalidad. Cuando él se afanaba en contarme historias sobre la vida y milagros del grupo yo observaba su tez blanca y sus ojos azulados, y el revoltijo de pelo claro encima del flequillo, ese tipo de confusión capilar me encantaba, por aquel entonces. También prestaba especial atención a la curva de su frondosa patilla, en tonos ocres y castaños. Rodeándole la cara, naciéndole del pelo y terminándole en la mejilla. También solía mirarle el culo, para que nos vamos a engañar e imaginaba cosas que no voy a decir aquí. Pero el señor Fowler, y McCartney ocupaban toda su atención, solía regalarme discos sólo para hacer que esa presencia mística fuera propagada, como si fuera un mesías en medio del desierto. Recuerdo un día en que nos sentamos en un parque, el sol calentaba su parca verde y sus ojos azules se le empequeñecían por el feroz del resplandor de la mañana. Estábamos en silencio cuando de repente, estiró su mano hacia unos pajarillos que revoloteaban en el suelo buscando comida. Me pareció un gesto encantador, cuando sorprendida vi que, los animales subían a su mano fiándose plenamente de sus intenciones. Entonces, ¿por qué no iba a hacerlo yo?.
Poco después todo terminó en medio de una calle llena de gente, que no tenía que ver con ninguno de los dos. Y para mí empezó lo peor. Esa persona extraña estaba en mi cabeza, ella y toda una serie de incógnitas por resolver. Con el paso del tiempo me sentí absurda.
Un buen día llegó un mensaje en mitad de la noche. Sólo ponía: "Perdóname".

martes, 8 de septiembre de 2009

Pequeñitas, no gracias.


Desconfío de las chicas pequeñas, parecen malvadas.
Unas cabezas más abajo de la tuya siempre hay alguien conspirando en contra, sin apenas notarse. Con ayuda de una sonrisa, a modo de escudo, entre la maldad y tú.
Si hay algo que les queda mal, un vestido, unos zapatos... a penas lo vas a notar, y siempre vas a pensar qué mona va, ¿cómo lo hará?. La perspectiva siempre les favorece.
El mundo desde arriba, el contrapicado siempre fue un plano muy favorecedor en fotografía, lo que primero se ve, es el pelo y un peinado cuidado raramente es feo. También las dimensiones se distorsionan. No puedes comparar si esta gorda o no porque harían falta dos enanitas puestas una al lado de la otra, y no es muy corriente encontrar a dos personas así a la vez, a pesar de que el modelo español de anatomía sea algo achaparrado. Con lo cual, también salen ganando.
En moda, gracias a su tamaño, aprovechan todo lo que les perteneció en el instituto, incluso lo que perteneció a su madre y no necesitan entrar en tiendas vintage con olor a incienso, vestidos a 15 euros a los que les faltan algunos botones y zapatos con suelas raídas. Es un universo a favor en el que les encanta decir: Uy! esto me lo pongo desde que tenía 14 años, fíjate.
A los chicos les despertarán, lo que muchas veces nos despiertan ellos a nosotras (las de estatura digamos, común), ternura. Me niego a creer que un cuerpo tan pequeño, similar al de una niña, despierte pasión. No sabrán lo que les apetece más, si arrancarles las minibraguitas o dormir toda la noche con su cabecita apoyada en su pecho, ensalzado por sus leves cuerpecitos, sin tocarlas, por miedo a que se desintegren entre las sábanas. El hombre ahí se siente superhombre con su minimujer.

Me he pasado años, preguntándoles a todos, por qué, por qué te gustan las pequeñas?...

sábado, 14 de febrero de 2009

Fin de las dramáticas obsesiones.


Escribo su nombre y mi nombre. Su nombre me parece precioso.
Cada letra, cada vocal y consonante. Seguramente lo comparta con miles de personas más pero, sin embargo, es una combinación de letras y acústica única para mi.
Cada parte de su cara conforma un conjunto de estructura perfecta y me pregunto cómo puede haber un ser tan maravilloso en el mundo. Es lo más bonito que jamás he visto, eso es lo único que puedo decir al respecto.

Al igual que cuando escuchas tu canción favorita, cuando comes tu plato preferido, esa sensación representa una felicidad momentánea, ese placer sensorial del gusto, del oído, de la vista, del tacto... Noto como mi cerebro desprende algún tipo de sustancia, la hormona de la felicidad cuando pienso en esa persona, y me siento como si estuviera escuchando todas las canciones bonitas del mundo, y comiendo todos los manjares exquisitos del mundo mientras le miro. Solo imaginar es un placer.

El olor...
Tengo poca memoria pero suficiente para grabar en ella un olor. Los aromas se clavan en un instante en la memoria, que increíblemente y por sorpresa, ésta es capaz de reconocer en cuanto ese olor se pone de nuevo por delante. De esto me dí cuenta cuando, saliendo del metro, pude reconocer un día ese olor girándome nerviosa cuando las rodillas me daban pistas de fallar, pero nadie me fue familiar en aquel momento, que fue por un instante, algo maravilloso.

Cuando estoy frente a él mi personalidad queda totalmente mermada, aniquilada, anulada, a años luz de la normalidad, soy un alter-ego debido a que mi ego está desmayado en algún lugar de mi cuerpo. Sólo me apoya el mecanismo psico-motriz de mi persona. El que dice: cambia de posición la pierna, sonríe, coge la cerveza y bebe, ve al baño y obsérvate espantosa...
Circunstancia que alcanza a rozar el patetismo más absoluto. Me siento el no-yo más grande de la historia, una burda traición a mí, a mi gran persona, como una abducción extra-terrestre luchando por volver a tocar suelo.

...“Bla-bla...”
El miedo se intercala con tu conversación en un bar
No se qué estabas diciendo, ni siquiera me importa demasiado. Sólo sonrío y asiento, no soy capaz de hacer más. Los gestos de tu boca al sonreír, tus ojos abriéndose y cerrándose, tus manos. Quiero acercarme a ellas.

Es una completa confusión, un caos, una batalla que se lleva a cabo en el interior, él no puede llegar a escuchar el estallido de las bombas ni de los misiles proyectados, ni puede ver a los soldados caídos, todos están ansiosos por ganar. Todo se posa en la frontera, que es mi cara, muy probablemente de gilipollas, mientras decido quién es el bando ganador.
Después de la conversación llega la parte positiva, y más tarde la negativa si se cuenta con que has elegido a la persona equivocada para que sea el padre de tus hijos o al menos, para que la cosa pase de la primera noche. La positiva es el sexo, y la negativa es cuando a la mañana siguiente coges el metro con una cara espantosa y unos pelos encrespados por arriba.
La gente de bien que pasea con sus hijos por la calle en domingo y lleva en una mano el periódico, se queda mirándote disimulando que no lo hace.
Por fin llegas a casa e intentas dormir, lo intentas de veras pero ves que es inútil... estás en estado casi de nirvana levitando por encima de la cama y optas por levantarte para intentar encajar los dos cuerpos, el gravitatorio y el flotatorio.
Las horas del resto del día pasan como piedras o tortugas o piedras amarradas a tortugas, empiezas a deprimirte y optas por volver a salir a beber y emborracharte de la manera más eficaz. Te aplicas la máxima de que el móvil no existe, ni debe existir por lo menos en un par de días y te cagas en tu madre cuando te llega un mensaje y ves que no es nada importante.


No llamará.

No llamará.


Mejor porque no quiero enamorarme.
Estamos en la era de la comunicación pero desgraciadamente no lo es para las personas de carne y hueso. Los mensajes son cifrados, las palabras son clave, las lenguas a veces son muertas, los silencios, los espacios, todo engloba la atmósfera del fracaso.
Frases, risas, que resuenan en tu cabeza como la puta canción del verano.
Sabes que es una mierda pero no deja de sonar.
Toda esta devoción por una sola persona, una única entre tantos, un único individuo entre la raza humana, la persona equivocada generalmente.
Es el Himno Generacional, cuando no estés ya, cuando no estés ya y no haya nadie más.






Gracias por leer hasta aquí, hoy me siento enamorada y vencida de ante mano.

jueves, 22 de enero de 2009

F.E.E.L.I.N.G C.A.L.L.E.D L.O.V.E



Personalidad diezmada:

Precio que se paga por convertirse en pareja.

Los seres humanos anteriormente divertidos, se convierten en aburridos:

"Gracias por invitarnos pero Noreen y yo tenemos que mirar los catálogos de cubertería".

Suerte que a mi a veces no me pasan estas cosas.

martes, 20 de enero de 2009

LA PEROSNA QUE NO COMETA ERRORES ES MUY PROBABLE QUE NO HAGA NUNCA NADA.



Un amigo me regaló un libro, se llamaba "Usted puede ser lo bueno que quiera ser". A simple vista, observando su título, pensé -pero que cojones es esto?/y lo que es peor: porque para mi?-.
Despúes me di cuenta de que es un libro cojonudo. No hay que decir que su diseño es impecable, ya que corre a cargo de Phaidon y esta editorial no publica mierdas. Pero después, el texto es una joya y todavía es más inteteresante como este se reafirma con la gráfica. Un libro de sentencias a cargo de Paul Arden (Saatchi & Saatchi)%100 recomendable. En honor a él y a Samuel Beckett (Equivóquese, equivóquese otra vez, pero equivóquese mejor) comienzo el blog.