
Era el séptimo piso de un edificio en medio de una urbanización a las afueras de la ciudad. La casa era bastante grande y siempre andaba en penumbra. Parecía estar castigada de por vida a no ver el sol. Tenía un olor característico, mezcla de tabaco y ambiente cargado del paso de los días y de las personas que vivían por aquel entonces allí. Contando contigo, eráis tres, cuatro conmigo, ya que estaba allí la mitad del tiempo.
Cuando salía a la terraza de la habitación tan temprano y me asomaba para ver cómo te ibas a trabajar, corría tanto aire que se me helaban las piernas. Desde tan alto, sólo podían verse a los pájaros volar trazando círculos bastante amplios, a primera hora de la mañana.
Tu habitación estaba al fondo y era el refugio antiaéreo por excelencia del hastío de la vida cotidiana. Era sobria, decorada con muebles de ángulos rectos, colores oscuros y había algún elemento estilo 2001, que podía recordar a la película de Kubrick.
La ausencia casi permanente de luminosidad, resaltaba el movimiento de luces del ecualizador, subiendo y bajando, acompasadas al tiempo de las canciones que ponías en el reproductor, como si de otro elemento decorativo se tratase.
Eras fan de Low, con lo cual, las lucecitas apenas se movían . También te gustaban mucho Godspeed You! Black Emperor. Y tenías un especial interés por el disco Vespertine de Björk.
A ésta última, la detestaba, pero con el tiempo y observándote, aprendí a sentir algo parecido a lo que sentías tú, al escuchar ese disco.
Me ponías la canción número once y me pedías que la escuchase con detenimiento. No me dejabas hablar durante esos minutos. Las primeras cuatro veces que me pediste silencio, me aburría. La ponías a menudo cuando estábamos juntos. A partir de la quinta o sexta vez empecé a tener curiosidad sobre por qué te gustaba tanto, que era lo que te inquietaba. Me tumbaba, a tu lado, en aquella habitación, en penumbra, e intentaba no pensar en nada. Tu cerrabas los ojos y me abrazabas.
Cuando te ibas al trabajo, me quedaba desayunando con Jose, un café calentado en el microondas. Al poco, él también se iba a trabajar, y yo me quedaba haciendo cualquier cosa, casi no pisaba la facultad. Los fines de semana pedíamos comida para todos cuando nos levantábamos con resaca.
Me encantaba estar con vosotros. Me sacábais bastantes años, yo por aquel entonces apenas había pasado de la veintena. Me sentía privilegiada de estar con personas que hablaban de muchísimas cosas interesantes, cosas que no abundaban entre las paredes de mi facultad.
Me encantaba estar con vosotros. Me sacábais bastantes años, yo por aquel entonces apenas había pasado de la veintena. Me sentía privilegiada de estar con personas que hablaban de muchísimas cosas interesantes, cosas que no abundaban entre las paredes de mi facultad.
Hubo un día en que discutimos tanto que tuve que irme de casa durante unas horas.
Cuando se me pasó, volví. Cuando entré, todo seguía oscuro, se veían sólo algunas rendijas de luz que pasaban a través de una persiana que llevaba rota un par de meses. Cuando vi a Jose en el salón, me dijo con preocupación, que llevabas un buen rato sin salir de tu habitación.
Con el corazón en un puño, entré despacio y me senté a tu lado. Tu cuerpo parecía pequeñísimo recostado en una cama que parecía ser inmensa. No querías que te mirase, y te replegabas sobre ti mismo, escondiéndote de mí.
Sólo se escuchaba la canción número once de aquel disco de Björk.
No se oía nada más en la habitación. Ni siquiera querías hablar.
Notaba como el nudo del estómago se me hacía más y más grande. Sentía como mío tu malestar.
Y lloré como nunca había llorado antes. Por todos los motivos y las veces que en mi vida me había sentido mal por alguna razón, como si nunca hubiera llorado.
Vomitándolo todo de una vez, a modo de purgatorio.
Desde aquel preciso momento no he querido volver a escuchar esa canción.
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