Cuando te conocí, me sacabas bastantes años.
Las veces que he pensado en tí nunca he sabido resumir lo que significaste para mi. Tampoco llegaste a ser nada importante en mi vida, simplemente un amigo más.
Sólo se que cuando estábamos juntos tenía la firme convicción de que podría estar las 24 horas contigo, y así otras 24, y otras 24. No me cansaba nunca de ti. Es más, odiaba el momento cuando nos teníamos que despedir.
Antes de vernos me ponía nerviosa, como si fuese a ver a alguien super importante. El resto de la gente no existía. Con tan poca edad que era la que yo tenía, apenas llegaba a la veintena, me maravillaba todo lo que salía por tu boca. Solíamos reírnos bastante. Tomábamos café, íbamos a comprar discos y a conciertos.
Un día por la noche, quedamos para salir. Habías invitado a una chica que estaba contigo y quedamos todos con vosotros dos. Fuimos a bailar.
En un momento de la noche nos miramos y comentamos algo que nos hizo reir a los dos sobre la relación que mantenías con ella. Nos encantaba reírnos de todo. Nos encantábamos.
No importaba que estuvieras con nadie porque sabía que en el fondo éramos tú y yo. Siempre tú y yo pasase lo que pasase, estábamos por encima de los demás.
Un día me pediste que te acompañara a un cursillo en una de las maltrechas calles de Malasaña. Estabas nervioso, justo antes de entrar me abrazaste como un niño pequeño. Con todo lo alto que eras y lo pequeña que era yo.
La mayor ahí fui yo, sólo por esa vez.
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