
Una vez conocí a un chico que vivía obsesionado con los Beatles y con Simon Fowler (de aquellos ya olvidados, Ocean Colour Scene). La primera vez que le ví llevaba una cinta negra en señal de duelo en el brazo. Había muerto George Harrison. La tragedia, había llegado una noche a un bar de Madrid desde Los Ángeles, en el año 2001 y tenía aspecto de chico bastante serio. Las primeras veces que habló conmigo ya notaba sus exageradas ganas por mutar su personalidad por la de Fowler, el carismático cantante del grupo, pero aquello estaba claro que no podía ser. Mientras tanto, yo pasaba largas horas escuchándole hablar, el chico en cuestión no quería impresionarme sobre sus conocimientos, sólo buscaba desahogarse de la posesión de esa extraña doble personalidad. Cuando él se afanaba en contarme historias sobre la vida y milagros del grupo yo observaba su tez blanca y sus ojos azulados, y el revoltijo de pelo claro encima del flequillo, ese tipo de confusión capilar me encantaba, por aquel entonces. También prestaba especial atención a la curva de su frondosa patilla, en tonos ocres y castaños. Rodeándole la cara, naciéndole del pelo y terminándole en la mejilla. También solía mirarle el culo, para que nos vamos a engañar e imaginaba cosas que no voy a decir aquí. Pero el señor Fowler, y McCartney ocupaban toda su atención, solía regalarme discos sólo para hacer que esa presencia mística fuera propagada, como si fuera un mesías en medio del desierto. Recuerdo un día en que nos sentamos en un parque, el sol calentaba su parca verde y sus ojos azules se le empequeñecían por el feroz del resplandor de la mañana. Estábamos en silencio cuando de repente, estiró su mano hacia unos pajarillos que revoloteaban en el suelo buscando comida. Me pareció un gesto encantador, cuando sorprendida vi que, los animales subían a su mano fiándose plenamente de sus intenciones. Entonces, ¿por qué no iba a hacerlo yo?.
Poco después todo terminó en medio de una calle llena de gente, que no tenía que ver con ninguno de los dos. Y para mí empezó lo peor. Esa persona extraña estaba en mi cabeza, ella y toda una serie de incógnitas por resolver. Con el paso del tiempo me sentí absurda.
Un buen día llegó un mensaje en mitad de la noche. Sólo ponía: "Perdóname".
jo me ha gustado mucho pep, me encanta lo bien escrito que está y lo bien que expresa en el último párrafo todo lo que te pasó y lo que sentiste en ese instante de tu vida...me gusta tu estilo, no te sobra nada y tampoco añadiría nada...tienes clase nena
ResponderEliminar