jueves, 5 de noviembre de 2009
No Fun
jueves, 29 de octubre de 2009
No Fun
martes, 27 de octubre de 2009
No fun

Fue durante aquel tiempo, en el que ingenua de mi, pensaba que invertir esfuerzos y dinero en formación para mi carrera, podría favorecerme de alguna manera en el mundo profesional. Frente a multitudes de becarios y listillos de medio pelo, que se colaban por delante de mi en las agencias de publicidad de esta ciudad.
En esos momentos, decidí apuntarme a clases y aventurarme en el mundo del diseño web. Además de para ampliar horizontes profesionales, también debido a que el mundo de la dirección de arte, a secas, me sabía a poco casi en el inicio de mi trayectoria.
Recuerdo que entré en una academia cerca de Plaza de España, casi al final del verano, e iba todas las tardes caminando desde casa. Era un buen paseo y solía hacerlo por gusto, dado que esa zona ha sido siempre y desde que llegué a la ciudad, de mis preferidas.
Normalmente las calles y los ambientes en general, con tan sólo pisarlos, casi sin conocerlos, siento si me van a gustar por alguna razón y terminan haciéndolo justificadamente con el paso del tiempo. Me pasa algo parecido con las personas.
Cuando entre en el aula encontré a una compañera de mi facultad que daba clases conmigo durante el curso. Era una chica muy alta y muy guapa y también un poco rara. Yo era una de las pocas personas que se relacionaban con ella. Yo y mi afán por las minorías.
Nos sentamos juntas y fue un alivio para ambas, puesto que no conocíamos a nadie.
Comenzaban las presentaciones de las clases, iban a ser tres meses de curso dividido en varias fases, primero empezaríamos con el ya manido Photoshop. En ese momento pensé en saltármelo y volver cuando empezaran a dar algo que yo no conociera.
Antes de que pudiera maquinar nada, entró el profesor y pensé que aquello era una broma. Le seguí con la mirada hasta que se colocó delante de todos nosotros. Vaqueros ligeramente estropeados y escurridizos, acompañados de una camiseta de algún color oscuro de manga corta, y un pelo digno de cualquier componente de The Horrors, por supuesto, aderezado de una cazadora extremadamente pequeña de cuero. Vamos, lo que viene a ser el típico profesor.
Antes de que abriera la boca, yo ya esperaba lo peor. Sin embargo, al escuchar su voz por primera vez, me resultó especialmente agradable y didáctica, era lo más parecido a un cálido locutor de radio, una voz que apetecía escuchar, como si estuviera pensada para hablar en público. Fue entonces cuando decidí quedarme esos quince días, aquello prometía.
Día a día nos hicimos con el resto de clases que tocaban después de esa. Y a los compañeros, que no tenían mucho que ver con ninguna de las dos, pero podías hablar de algo, aunque fuera banal, mientras la gente fumaba su cigarrillo en el pasillo.
En septiembre el tiempo es soleado, pero ya no caluroso. Me gustaba ir a clase después de comer y ver los rayos del sol reflejados en las hojas de los árboles. Pasados unos cuantos días, coincidí con mi profesor en el semáforo de la calle, antes de llegar a la academia. En esos escasos minutos antes de llegar hasta la clase, me preguntó si vivía cerca de allí. Al parecer él vivía justo detrás de una placita pequeña que había en esa dirección. También nos contamos a lo que nos dedicábamos.
Su aspecto radical me chocó con su aparente apacible personalidad, ese pelo endemoniado, con aspecto incluso poco aseado, endurecía una expresión sincera, llana, por no decir humilde.
Entonces empecé a acostumbrarme a su presencia en clase, como profesor. Despúes de todo, tener a un joven sucedáneo de Iggy Pop, explicándome el uso de las máscaras de capa era algo interesante que podría contarles a mis amigas.
Las clases me gustaban, incluso la suya, aunque no aprendía nada nuevo, de vez en cuando le comentaba algo de alguna práctica, más que nada, para que no pensase que en su asignatura me aburría como una ostra.
Mi amiga lo dejó al cabo de las dos semanas. Era algo que veía venir. A parte de tener un carácter extraño, no tenía paciencia para acabar una cosa cuando la empezaba. Yo, lógicamente, tuve que hacer un esfuerzo en mi relación con mis compañeros. Intentaba coincidir en la salida con ellos para salir todos a la vez y hablar de algo, siempre temas acordes a la circunstancia.
Hubo un día en que J salió con nosotros, pero cada uno tomó un camino diferente y acabámos caminando solos hacia casa. Retomamos la conversación donde la habíamos dejado el día anterior y seguimos informándonos el uno sobre el otro. Parecía que entrábamos en otro plano de intimidad, que habíamos dejado a las personas que no conocíamos atrás, y nos centrábamos con naturalidad en conocernos entre nosotros. Esta vez tocaba un tema más distendido, el de nuestro ocio nocturno. Por lo visto, los fines de semana, él era un asiduo del ya desaparecido "No Fun". Y antes de que yo pudiera contestar, según él, seguramente yo era carne de "Nasti". Afirmación que no pude atreverme a negar, en parte por la sorpresa.
Justo en ese punto, le dije hasta mañana en la puerta de su casa y yo me fui alucinando a la mía.
(Sigue...)
lunes, 5 de octubre de 2009
We are the Mods

Una vez conocí a un chico que vivía obsesionado con los Beatles y con Simon Fowler (de aquellos ya olvidados, Ocean Colour Scene). La primera vez que le ví llevaba una cinta negra en señal de duelo en el brazo. Había muerto George Harrison. La tragedia, había llegado una noche a un bar de Madrid desde Los Ángeles, en el año 2001 y tenía aspecto de chico bastante serio. Las primeras veces que habló conmigo ya notaba sus exageradas ganas por mutar su personalidad por la de Fowler, el carismático cantante del grupo, pero aquello estaba claro que no podía ser. Mientras tanto, yo pasaba largas horas escuchándole hablar, el chico en cuestión no quería impresionarme sobre sus conocimientos, sólo buscaba desahogarse de la posesión de esa extraña doble personalidad. Cuando él se afanaba en contarme historias sobre la vida y milagros del grupo yo observaba su tez blanca y sus ojos azulados, y el revoltijo de pelo claro encima del flequillo, ese tipo de confusión capilar me encantaba, por aquel entonces. También prestaba especial atención a la curva de su frondosa patilla, en tonos ocres y castaños. Rodeándole la cara, naciéndole del pelo y terminándole en la mejilla. También solía mirarle el culo, para que nos vamos a engañar e imaginaba cosas que no voy a decir aquí. Pero el señor Fowler, y McCartney ocupaban toda su atención, solía regalarme discos sólo para hacer que esa presencia mística fuera propagada, como si fuera un mesías en medio del desierto. Recuerdo un día en que nos sentamos en un parque, el sol calentaba su parca verde y sus ojos azules se le empequeñecían por el feroz del resplandor de la mañana. Estábamos en silencio cuando de repente, estiró su mano hacia unos pajarillos que revoloteaban en el suelo buscando comida. Me pareció un gesto encantador, cuando sorprendida vi que, los animales subían a su mano fiándose plenamente de sus intenciones. Entonces, ¿por qué no iba a hacerlo yo?.
martes, 8 de septiembre de 2009
Pequeñitas, no gracias.

Desconfío de las chicas pequeñas, parecen malvadas.
sábado, 14 de febrero de 2009
Fin de las dramáticas obsesiones.

Escribo su nombre y mi nombre. Su nombre me parece precioso.
Cada letra, cada vocal y consonante. Seguramente lo comparta con miles de personas más pero, sin embargo, es una combinación de letras y acústica única para mi.
Cada parte de su cara conforma un conjunto de estructura perfecta y me pregunto cómo puede haber un ser tan maravilloso en el mundo. Es lo más bonito que jamás he visto, eso es lo único que puedo decir al respecto.
Al igual que cuando escuchas tu canción favorita, cuando comes tu plato preferido, esa sensación representa una felicidad momentánea, ese placer sensorial del gusto, del oído, de la vista, del tacto... Noto como mi cerebro desprende algún tipo de sustancia, la hormona de la felicidad cuando pienso en esa persona, y me siento como si estuviera escuchando todas las canciones bonitas del mundo, y comiendo todos los manjares exquisitos del mundo mientras le miro. Solo imaginar es un placer.
El olor...
Tengo poca memoria pero suficiente para grabar en ella un olor. Los aromas se clavan en un instante en la memoria, que increíblemente y por sorpresa, ésta es capaz de reconocer en cuanto ese olor se pone de nuevo por delante. De esto me dí cuenta cuando, saliendo del metro, pude reconocer un día ese olor girándome nerviosa cuando las rodillas me daban pistas de fallar, pero nadie me fue familiar en aquel momento, que fue por un instante, algo maravilloso.
Cuando estoy frente a él mi personalidad queda totalmente mermada, aniquilada, anulada, a años luz de la normalidad, soy un alter-ego debido a que mi ego está desmayado en algún lugar de mi cuerpo. Sólo me apoya el mecanismo psico-motriz de mi persona. El que dice: cambia de posición la pierna, sonríe, coge la cerveza y bebe, ve al baño y obsérvate espantosa...
Circunstancia que alcanza a rozar el patetismo más absoluto. Me siento el no-yo más grande de la historia, una burda traición a mí, a mi gran persona, como una abducción extra-terrestre luchando por volver a tocar suelo.
...“Bla-bla...”
El miedo se intercala con tu conversación en un bar
No se qué estabas diciendo, ni siquiera me importa demasiado. Sólo sonrío y asiento, no soy capaz de hacer más. Los gestos de tu boca al sonreír, tus ojos abriéndose y cerrándose, tus manos. Quiero acercarme a ellas.
Es una completa confusión, un caos, una batalla que se lleva a cabo en el interior, él no puede llegar a escuchar el estallido de las bombas ni de los misiles proyectados, ni puede ver a los soldados caídos, todos están ansiosos por ganar. Todo se posa en la frontera, que es mi cara, muy probablemente de gilipollas, mientras decido quién es el bando ganador.
Después de la conversación llega la parte positiva, y más tarde la negativa si se cuenta con que has elegido a la persona equivocada para que sea el padre de tus hijos o al menos, para que la cosa pase de la primera noche. La positiva es el sexo, y la negativa es cuando a la mañana siguiente coges el metro con una cara espantosa y unos pelos encrespados por arriba.
La gente de bien que pasea con sus hijos por la calle en domingo y lleva en una mano el periódico, se queda mirándote disimulando que no lo hace.
Por fin llegas a casa e intentas dormir, lo intentas de veras pero ves que es inútil... estás en estado casi de nirvana levitando por encima de la cama y optas por levantarte para intentar encajar los dos cuerpos, el gravitatorio y el flotatorio.
Las horas del resto del día pasan como piedras o tortugas o piedras amarradas a tortugas, empiezas a deprimirte y optas por volver a salir a beber y emborracharte de la manera más eficaz. Te aplicas la máxima de que el móvil no existe, ni debe existir por lo menos en un par de días y te cagas en tu madre cuando te llega un mensaje y ves que no es nada importante.
No llamará.
No llamará.
Mejor porque no quiero enamorarme.
Estamos en la era de la comunicación pero desgraciadamente no lo es para las personas de carne y hueso. Los mensajes son cifrados, las palabras son clave, las lenguas a veces son muertas, los silencios, los espacios, todo engloba la atmósfera del fracaso.
Frases, risas, que resuenan en tu cabeza como la puta canción del verano.
Sabes que es una mierda pero no deja de sonar.
Toda esta devoción por una sola persona, una única entre tantos, un único individuo entre la raza humana, la persona equivocada generalmente.
Es el Himno Generacional, cuando no estés ya, cuando no estés ya y no haya nadie más.
Gracias por leer hasta aquí, hoy me siento enamorada y vencida de ante mano.